Educación
/ Federico Johansen
El
sentido de la educación (II)
Después de lograr que los jóvenes adquieran un sentido
de la vida que supere la inmediatez, es preciso hacerles descubrir que
vale la pena vivir y que la comodidad no es el valor más importante
que debe guiar nuestra existencia.
Supongamos por unos minutos que hemos conseguido
situar a nuestros alumnos en la realidad: podrán tomar sus propias
decisiones y cargar con las consecuencias, sean éstas positivas
o negativas. Nos queda ahora hacer que descubran que vale la pena vivir
la vida, que estamos aquí con alguna finalidad teleológica
que quizá aún no comprendamos, que somos irrepetibles
y que nuestra propia vida tiene un sentido, seguramente distinto al
que en muchos casos la sociedad a través de los medios nos propone.
Hay que comprender primero que las generaciones
actuales han sido educadas en una cultura absolutamente hedonista. El
valor comodidad, que obviamente siempre existió pero
que no ocupaba uno de los primeros lugares en la escala valorativa de
las sociedades hasta hace poco, hoy es casi el valor máximo a
acceder a costa de lo que sea. No importa ya si un asunto es bueno o
malo, lindo o feo, atractivo o repulsivo, ubicado o desubicado, adecuado
o inadecuado: lo que importa es si es cómodo o incómodo,
de modo tal de buscar lo cómodo (siempre que esto no implique
demasiado esfuerzo) y rechazar lo incómodo (nuevamente si esto
no es a costa de sacrificio). Porque, graciosamente, si algo conlleva
esfuerzo no proporcional, aguantan estoicamente la incomodidad
por no esforzarse en lograr ser cómodos (en este ámbito,
el nivel de incoherencia es asombroso).
¿Cómo lograr que estos hombres
y mujeres para los cuales la comodidad es casi el fin último
de la vida se transformen en personas concientes? ¿Cómo
lograr que a alguien que desde la más tierna infancia le han
inculcado que lo importante es estar cómodo adquiera un sentido
de la vida distinto de éste? Puesto en blanco y negro, para un
alto porcentaje de esta generación de adolescentes y jóvenes
el sentido de la vida es estar lo más cómodo posible,
la mayor cantidad de tiempo posible, en la mayor cantidad de circunstancias
posibles.
Y creo que en esta definición del
sentido de la vida está precisamente la semilla desde donde hacer
descubrir a los jóvenes el real sentido de vivir, aquello por
lo que realmente vale la pena estar vivo. Simplificando hasta el extremo,
el tema es hacer propia la frase sobre la comodidad, pero hacer que
cada vez sea más incómodo estar cómodo, aunque
parezca contradictorio. Para ponerlo en términos un poco más
entendibles, que el costo de estar cómodos genere un alto grado
de incomodidad.
Permítanme un ejemplo que creo que
es gráfico. Hace un tiempo estaba viendo televisión con
un par de adolescentes en la sala de estar de un hotel. Uno de ellos
comenzó a sentir frío, pero debía bajar un piso
y volver a subir para conseguir una manta. Por supuesto que le pidió
al otro que lo hiciera por él. Por supuesto, el segundo no movió
un músculo. Como explicaba más arriba, el adolescente
en cuestión no iba a incomodarse (en este caso levantarse y bajar
y subir las escaleras) para estar más cómodo (en este
caso abrigado). Luego de unos minutos en que nadie se movía,
se me ocurrió una idea macabra: encender el aire acondicionado.
Como yo era un desconocido, probablemente no me dirían nada.
Se limitarían a mirarme con cara de odio. Era un bajo costo a
pagar para ver qué sucedía. Pues bien: a los pocos segundos
el friolento bajó a su habitación a buscar
una manta y volvió a subir. Logré ponerlo lo suficientemente
incómodo como para que se esforzara en ponerse cómodo.
Y creo que éste ha de ser uno de los mecanismos habituales que
deberíamos tener en la cabeza los docentes.
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Federico Johansen es Licenciado en Ciencias de la Educación (UBA).